Puedo sentir como
mi cuerpo yace dentro de un subterráneo, sin luz, sin amaneceres, puedo sentir como
los profanos seres ocultos en la oscuridad susurran y me observan a lo lejos, esperan el
momento, aquel momento en el que mi cuerpo se entumezca y mis ojos se cierren
al fin, están sedientos,
están hambrientos de dolor, huelen mis miedos y mis nauseabundos recuerdos aniquilantes,
mortífero ser.
La llama de sus ojos no logra traspasar el gélido corazón amordazado por la desgracia de gritos apabullantes y silenciosos que retumban y resuenan una y otra vez en las paredes de la inconsciencia. Es una eterna agonía, una lucha entre el deseo y el sentir.
Cada segundo, el
frío traspasa y cala profundo cada vértebra, músculo y hueso que sostiene este
cuerpo inerte, porque ahora siento que no soy nada, ni la sangre que fluye por
mis poros logra excitar y despertar la vívida locura y desenfreno que algún día
padecí.
Sepúltame luego
junto a tus recuerdos, desóllame con tus manos antes que lo hagan sus garras,
atraviesa este maltrecho pesar con las dagas afiladas de la omisión, termina
con el sufrimiento de tener que pensar cuando solo se debe estar.
Pronto dejaré de
sentir, pronto dejaré de existir, pronto dejaré de huir, entiérrame junto a ti
o deja que vengan por mí.