Por alguna extraña razón todos los días esperaba que sonara el teléfono, por alguna extraña razón presentía que había algo que le debían avisar. Era tarde y el silencio de la noche aumentaba aún más esa ansiedad.
Tomó el último cigarro que quedaba en la caja, lo encendió tratando de encontrar consuelo, trataba de calamar aquella ansiedad provocada por algo que desconocía. Una vez consumido el cigarro, se acercó a la puerta, miró por última vez su celular y cayó tendido en el suelo.
Al fin dejó de sentir aquella ansiedad, sus manos se tranquilizaron, sus ojos se cerraron y una sonrisa esbozada en su rostro fue lo último que reflejó lo que sentía su alma.
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