De niña imaginaba mi vida de adulta, imaginaba una mujer delgada, de piel blanca, con pelo hasta la cintura tomado en una cola de caballo desmarañada y algunos mechones del cabello sueltos dejándose caer por la mejilla derecha.
Veía aquella mujer de unos 30 años, con un sweter largo gris y calcetines abrigadores, paseándose en un comedor decorado de manera tradicional y sencilla, luego llegaba al living y dejaba caer su cuerpo con mucha premura sobre el sofá color café que siempre quiso tener. Con los pies sobre el sillón y las rodillas junto a la pera , miraba al frente como recordando un pasado, sus manos recorrían la mesa de centro para buscar el libro que siempre quiso leer.
Era un día lluvioso, no escuchaba la lluvia, solo lograba verla tras un gran ventanal y pensaba en todos los días lluviosos que ha vivido durante toda su vida, algunos lluviosos por el clima y otros lluviosos por su alma entristecida. Pese a la soledad del entorno y espacio físico, mantenía constantemente una sonrisa en el rostro, la cual transmitía, tranquilidad, serenidad y una apacible soledad, de la cual tanto años sus padres intentaron protegerla.
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