Hola mi nombre es Bell,
tengo 30 años de los cuales llevo 5 viajando de lunes a sábado en tren, los 2
primeros por motivos laborales, el recorrido es Temuco- Victoria y viceversa.
Tantos años
haciendo este recorrido me ha permitido conocer gente, el camino, el personal
de la estación, los perros que viven y duermen a los alrededores, también he
visto gente de paso, gente que nunca más volverá o que nunca más ocupará un
asiento en mi vagón. Lo que nunca se repite y nunca sé, es que situación
asaltará mi mente durante el viaje, a veces recuerdos buenos o malos, a veces
problemas, a veces soluciones, pero lo que nunca he perdido es la sonrisa con
la que observo mi entorno y es que siempre ha sido muy grata para mí esta
rutina.
Cuando tengo
suerte, conozco personas muy interesantes, personas con las que puedo hacer
catarsis o compartir algunas experiencias o historias de vida, o simplemente
aprender de sus historias y experiencias, esto me ha hecho pensar que los seres
humanos estamos en constante cambio y por supuesto que la interacción con otros
nos permite transformar nuestros pensamientos, ver a veces que eso que tanto
nos atormenta no es tan grave si sabemos reconocer en el otro una situación
grave o de mayor complejidad y al momento de usar nuestra empatía, solo ahí
somos capaces de encontrar respuestas a nuestros propios dilemas internos, porque
para cada uno su problema es más grave que el del otro, pero en realidad
también siempre encontramos peores problemas en el otro. Paradojo.
¿Será que el ser
humano en su disconformidad, también asume que los demás tienen “mejores”
problemas que ellos? ¿O será que al saber el problema del otro realmente
logramos dejar el egocentrismo y alcanzamos la empatía?
A veces quisiera
seguir el viaje, porque cada vez se me hace más breve, sobre todo cuando debo
cortar una conversación obligadamente porque ya he llegado a destino, que ganas
de dejar mi obligación y hacer lo que dicta mi corazón, seguir sobre aquellos
rieles, seguir mirando mi entorno, seguir encantándome con el placer de
recorrer aquella geografía que guarda tantos secretos, tantos amaneceres y
anocheceres.
Día 1
Fue precisamente
uno de esos días, en los que deseaba seguir mi viaje cuando se acerca un hombre
alto y delgado de aproximadamente 35 años, ojos verdes, pelo castaño, piel
blanca, con jeans gastados y chaqueta de cuero, pregunta si el asiento de al
lado estaba ocupado, lo miré y respondí “desde hace mucho que no”, solo sonrió,
sacó un libro y se puso los audífonos, reconocí el sonido de su música Chris
Cornell Unplugged, pero no logré identificar la portada del libro, me inquietó
bastante, porque si había un sonido familiar pudiese ser que su literatura
también lo fuese. Miré como de costumbre por la ventanilla los rieles y
primeros movimientos del tren, esa partida me daba la energía para comenzar el
día. De pronto, un gorrión golpeó la ventanilla, mi compañero lo miró y sonrió,
yo quedé estupefacta, me miró y me dijo: “la naturaleza te da los buenos días”
y continúo en lo suyo, yo solo lo miré extrañada.
Esta vez el viaje
se había tornado un poco extraño, llegó el momento de bajar, seguí la rutina
acostumbrada, tomé mis cosas y bajé. Mientras caminaba hacia la salida sentí
que me observaban, me di vuelta y este hombre me estaba mirando muy fijo,
enderecé mí cabeza y continué mi camino.
Día 2:
Este día fue más
extraño que el anterior, porque esta vez el hombre que había visto se sentó a
mi lado y me dijo “este asiento ya no estará desocupado” y comenzó hablar, para
mí eso no era nuevo, así es que como una gran anfitriona comencé a escucharlo e
intercambiar ideas, justo cuando el tren estaba emprendiendo su marcha y yo
mirando por la ventanilla, nuevamente apareció el gorrión y la golpeó, esta vez
miré al hombre para encontrar una respuesta y él solamente dijo: “la naturaleza
te está saludando” y cambiamos el tema, si bien es cierto era un suceso
extraño, no le di importancia porque para él tampoco lo era, ese día
conversamos mucho, no hubo tiempo de mirar el entorno, ni de pensar, tampoco de
escuchar música o leer un libro.
Día 3:
Debo reconocer que
este día esperaba volver a verlo, el día anterior no hablamos de nada personal,
tampoco supe hacia donde iba ni de donde era, muchos menos si frecuentaría este
recorrido, tampoco su nombre.
Subí a buscar mi
asiento de siempre y ahí estaba él, esperándome, al menos esa sensación me dio,
me senté y nos saludamos como grandes amigos, conversamos, nos reímos,
intercambiamos ideas, opiniones, era muy sabio y para cada tema tenía una conclusión
o un relato interesante, pero esta vez se dedicó a escucharme y puso atención a
cada palabra, me observaba como tratando de encontrar respuestas o conectarse
conmigo, me sentí un poco incómoda pero aún así no me desconcentré y tampoco me
desconecté, traté de entregarle mi esencia en cada palabra que salía de mis
labios, traté de conectarme con las suyas. Este viaje se sintió diferente a los
anteriores, sentía que me llevaba algo, que había ganado algo en este viaje,
pero también sentía que algo había perdido.
Día 4:
Si tuviese que
describir este día, en una palabra, diría que fue inconexo.
El día anterior, el
hombre me entregó un sobre y dijo que debía leerlo hoy durante mi viaje, esperé
por él, pero esta vez no llegó, el tren comenzó su andar y el gorrión que ayer
no había golpeado la ventana estaba muerto a un costado del riel.
Tomé el sobre y lo
leí, decía lo siguiente:
Esta mañana la
naturaleza no te saludará, porque al igual que los seres humanos también cumple
un ciclo, el gorrión que golpeaba la ventanilla era la señal que había estado
esperando para saber cuándo encontraría a la persona adecuada, el problema es
que yo no lo soy para ti ¿Cómo lo sé?, porque tu esencia y alma están
conectadas a ti misma, lo cual no quiere decir que sea malo, simplemente
estamos a destiempo, en otra sintonía, es como haber abordado el tren indicado,
pero a otra hora. La otra señal es el gorrión muerto en la orilla del riel, yo
lo vi morir ayer antes de golpear la ventanilla, no te percataste de aquello,
eso significa que mis señales son imperceptibles para ti. No te preocupes, el
tiempo se encargará de encontrarnos cuando debamos estar juntos, o cuando
logremos tomar el mismo tren, a la misma hora y hacia el mismo destino.
Ese día cambió mi
vida, porque pese a su percepción él para mí había significado mucho en estos
días, tanto así que esperaba verlo cada mañana, no logré decírselo, solo me
escribió, se despidió y no volvió. Al bajar del tren vi una mujer que lloraba
amargamente y abrazaba un libro, me acerqué para ofrecerle un pañuelo y
contención, ella me miró y me dijo tu eres Bell, sí le dije, me entregó el
libro y era el mismo que él estaba leyendo ese primer día, el título era:
“Entre vagones y corazones”, por Jean B. ella me contó que el día anterior él había
sufrido un accidente grave y que había fallecido al instante, me dijo que ese
libro era para mí, me lo entregó y se fue.
Al reverso de la
tapa decía: “Si después de leer la carta decides buscarme, estaré ocupando el
lugar que nunca más estará desocupado”.
Desde ese día sigo
viajando a la misma hora, mismo tren, mismo asiento, esperando que un día la
naturaleza me vuelva a saludar y que aquel tren sea el que me lleve a su
destino.
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