miércoles, 13 de junio de 2018

Entre Vagones y corazones


Hola mi nombre es Bell, tengo 30 años de los cuales llevo 5 viajando de lunes a sábado en tren, los 2 primeros por motivos laborales, el recorrido es Temuco- Victoria y viceversa.
Tantos años haciendo este recorrido me ha permitido conocer gente, el camino, el personal de la estación, los perros que viven y duermen a los alrededores, también he visto gente de paso, gente que nunca más volverá o que nunca más ocupará un asiento en mi vagón. Lo que nunca se repite y nunca sé, es que situación asaltará mi mente durante el viaje, a veces recuerdos buenos o malos, a veces problemas, a veces soluciones, pero lo que nunca he perdido es la sonrisa con la que observo mi entorno y es que siempre ha sido muy grata para mí esta rutina.
Cuando tengo suerte, conozco personas muy interesantes, personas con las que puedo hacer catarsis o compartir algunas experiencias o historias de vida, o simplemente aprender de sus historias y experiencias, esto me ha hecho pensar que los seres humanos estamos en constante cambio y por supuesto que la interacción con otros nos permite transformar nuestros pensamientos, ver a veces que eso que tanto nos atormenta no es tan grave si sabemos reconocer en el otro una situación grave o de mayor complejidad y al momento de usar nuestra empatía, solo ahí somos capaces de encontrar respuestas a nuestros propios dilemas internos, porque para cada uno su problema es más grave que el del otro, pero en realidad también siempre encontramos peores problemas en el otro. Paradojo.
¿Será que el ser humano en su disconformidad, también asume que los demás tienen “mejores” problemas que ellos? ¿O será que al saber el problema del otro realmente logramos dejar el egocentrismo y alcanzamos la empatía?
A veces quisiera seguir el viaje, porque cada vez se me hace más breve, sobre todo cuando debo cortar una conversación obligadamente porque ya he llegado a destino, que ganas de dejar mi obligación y hacer lo que dicta mi corazón, seguir sobre aquellos rieles, seguir mirando mi entorno, seguir encantándome con el placer de recorrer aquella geografía que guarda tantos secretos, tantos amaneceres y anocheceres.
Día 1
Fue precisamente uno de esos días, en los que deseaba seguir mi viaje cuando se acerca un hombre alto y delgado de aproximadamente 35 años, ojos verdes, pelo castaño, piel blanca, con jeans gastados y chaqueta de cuero, pregunta si el asiento de al lado estaba ocupado, lo miré y respondí “desde hace mucho que no”, solo sonrió, sacó un libro y se puso los audífonos, reconocí el sonido de su música Chris Cornell Unplugged, pero no logré identificar la portada del libro, me inquietó bastante, porque si había un sonido familiar pudiese ser que su literatura también lo fuese. Miré como de costumbre por la ventanilla los rieles y primeros movimientos del tren, esa partida me daba la energía para comenzar el día. De pronto, un gorrión golpeó la ventanilla, mi compañero lo miró y sonrió, yo quedé estupefacta, me miró y me dijo: “la naturaleza te da los buenos días” y continúo en lo suyo, yo solo lo miré extrañada.
Esta vez el viaje se había tornado un poco extraño, llegó el momento de bajar, seguí la rutina acostumbrada, tomé mis cosas y bajé. Mientras caminaba hacia la salida sentí que me observaban, me di vuelta y este hombre me estaba mirando muy fijo, enderecé mí cabeza y continué mi camino.
Día 2:
Este día fue más extraño que el anterior, porque esta vez el hombre que había visto se sentó a mi lado y me dijo “este asiento ya no estará desocupado” y comenzó hablar, para mí eso no era nuevo, así es que como una gran anfitriona comencé a escucharlo e intercambiar ideas, justo cuando el tren estaba emprendiendo su marcha y yo mirando por la ventanilla, nuevamente apareció el gorrión y la golpeó, esta vez miré al hombre para encontrar una respuesta y él solamente dijo: “la naturaleza te está saludando” y cambiamos el tema, si bien es cierto era un suceso extraño, no le di importancia porque para él tampoco lo era, ese día conversamos mucho, no hubo tiempo de mirar el entorno, ni de pensar, tampoco de escuchar música o leer un libro.
Día 3:
Debo reconocer que este día esperaba volver a verlo, el día anterior no hablamos de nada personal, tampoco supe hacia donde iba ni de donde era, muchos menos si frecuentaría este recorrido, tampoco su nombre.
Subí a buscar mi asiento de siempre y ahí estaba él, esperándome, al menos esa sensación me dio, me senté y nos saludamos como grandes amigos, conversamos, nos reímos, intercambiamos ideas, opiniones, era muy sabio y para cada tema tenía una conclusión o un relato interesante, pero esta vez se dedicó a escucharme y puso atención a cada palabra, me observaba como tratando de encontrar respuestas o conectarse conmigo, me sentí un poco incómoda pero aún así no me desconcentré y tampoco me desconecté, traté de entregarle mi esencia en cada palabra que salía de mis labios, traté de conectarme con las suyas. Este viaje se sintió diferente a los anteriores, sentía que me llevaba algo, que había ganado algo en este viaje, pero también sentía que algo había perdido.
Día 4:
Si tuviese que describir este día, en una palabra, diría que fue inconexo.
El día anterior, el hombre me entregó un sobre y dijo que debía leerlo hoy durante mi viaje, esperé por él, pero esta vez no llegó, el tren comenzó su andar y el gorrión que ayer no había golpeado la ventana estaba muerto a un costado del riel.
Tomé el sobre y lo leí, decía lo siguiente:
Esta mañana la naturaleza no te saludará, porque al igual que los seres humanos también cumple un ciclo, el gorrión que golpeaba la ventanilla era la señal que había estado esperando para saber cuándo encontraría a la persona adecuada, el problema es que yo no lo soy para ti ¿Cómo lo sé?, porque tu esencia y alma están conectadas a ti misma, lo cual no quiere decir que sea malo, simplemente estamos a destiempo, en otra sintonía, es como haber abordado el tren indicado, pero a otra hora. La otra señal es el gorrión muerto en la orilla del riel, yo lo vi morir ayer antes de golpear la ventanilla, no te percataste de aquello, eso significa que mis señales son imperceptibles para ti. No te preocupes, el tiempo se encargará de encontrarnos cuando debamos estar juntos, o cuando logremos tomar el mismo tren, a la misma hora y hacia el mismo destino.
Ese día cambió mi vida, porque pese a su percepción él para mí había significado mucho en estos días, tanto así que esperaba verlo cada mañana, no logré decírselo, solo me escribió, se despidió y no volvió. Al bajar del tren vi una mujer que lloraba amargamente y abrazaba un libro, me acerqué para ofrecerle un pañuelo y contención, ella me miró y me dijo tu eres Bell, sí le dije, me entregó el libro y era el mismo que él estaba leyendo ese primer día, el título era: “Entre vagones y corazones”, por Jean B. ella me contó que el día anterior él había sufrido un accidente grave y que había fallecido al instante, me dijo que ese libro era para mí, me lo entregó y se fue.
Al reverso de la tapa decía: “Si después de leer la carta decides buscarme, estaré ocupando el lugar que nunca más estará desocupado”.
Desde ese día sigo viajando a la misma hora, mismo tren, mismo asiento, esperando que un día la naturaleza me vuelva a saludar y que aquel tren sea el que me lleve a su destino.  



No hay comentarios:

Publicar un comentario